Jesus Christ, True Mercy

Joseph Edward Strickland
By the Grace of God and the Apostolic See
Bishop of Tyler

TO THE CLERGY, RELIGIOUS & CATHOLIC FAITHFUL OF THE DIOCESE OF TYLER,
HEALTH AND BENEDICTION

Jesus Christ, True Mercy

This Sunday we begin the holy season of Advent and with it our solemn preparations for Christmas when we welcome our Lord Jesus Christ, the incarnation and true face of the Father’s mercy. We also make ourselves ready to enter the Extraordinary Jubilee of Mercy, a time in the life of the Church declared by Pope Francis to encourage us to contemplate the mystery of mercy as a wellspring of joy, serenity, and peace. The Holy Year will begin on December 8, 2015 and conclude on November 20, 2016. Bearing in mind these two events, I would like to take a moment to share this reflection on mercy and how it is incorporated into our lives as disciples of Jesus Christ, and specifically as Catholics. 

We live in the Age of Mercy because we live in the world after the saving work, the Paschal Mystery, of Jesus Christ, the Son of God.  In this context I believe we can say that the Catholic Church, founded by Christ Himself, exists as an instrument of mercy, a house of mercy, and a place from which the mercy of God should always flow.  We see the foundation of mercy in the oft quoted and beautiful Gospel verse of John 3:16: the Father’s preeminent act of mercy was to share with humanity His only begotten Son.  Embedded in this profoundly loving act of the Father is an acknowledgment that humanity was broken and deeply in need of a savior, deeply in need of mercy.  The mercy which Jesus Christ offers to the world through His Church is hard-won, not only through his passion, death and resurrection, but truly through every moment of his time on earth as the God-Man.  I believe placing mercy in this context is essential if we desire to pursue true mercy in the way we live. 

True mercy always flows from God’s love and directs us toward God’s will for us - that we share His gift of everlasting life.  This focus regarding mercy is essential because we are so easily tempted to move toward a superficial understanding and application of mercy that is actually not mercy at all. 

In our modern culture, mercy is too often equated with “being nice” or “being soft.” Rather, if we return to the foundation of true mercy mentioned above, the mercy rooted in God’s will, which is love and mercy itself, we find that mercy is actually anything but soft.  Real mercy is strong and powerful because it does not shy away from our broken existence, but instead it stands face to face with the ugly and the broken and calls us to turn away from those things by bringing the healing balm of truth and genuine freedom to bear. True mercy is transformational! Ultimately mercy is bound up with facing the truth and being challenged to move from brokenness to wholeness. The denial of this is possibly at the very heart of our modern dilemma.  Too often mercy is interpreted as removing the challenge, being tolerant of the transgression and passing over the consequences of our broken reality, rather than facing it head on and being freed by that very confrontation. 

Once again I cannot resist returning to the model of mercy that is the life of Jesus Christ.  In the ultimate act of mercy, He embraces the cross in order to open the floodgates of mercy. In the same way, any authentic mercy demands that we hold the cross close as well. If we ignore the only authentic model of mercy we are at risk of promoting a false mercy which leads us away from life and ultimately abandons us to death. The mercy that Christ shows the world through every act of His life here on earth, and especially in His crucifixion, is a mercy that faces down the power of sin by allowing the power of love to overcome the darkness. In this way, the grace of God not only covers our sins, but it transforms us in Christ's image.

Through the intercession of the Mother of Mercy, I pray that this Jubilee Year may have a profound effect on the human family by allowing us to live more deeply in the Gospel message of the author and face of mercy, Jesus Christ. 

Given at the Diocesan Chancery on November 21, 2015,
the Memorial of the Presentation of the Blessed Virgin Mary.

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Joseph Edward Strickland
Por la Gracia de Dios y la Sede Apostólica
Obispo de Tyler

AL CLERO, RELIGIOSOS Y FIELES CATOLICOS DE LA DIÓCESIS DE TYLER,
SALUD Y BENDICIÓN

Jesucristo, Verdadera Misericordia

Este domingo comenzamos con el santo tiempo de Adviento y con él, nuestras preparaciones solemnes para la Navidad cuando le damos la bienvenida a nuestro Señor Jesucristo, la encarnación y el verdadero rostro de la misericordia del Padre. También nos disponemos a entrar al Jubileo Extraordinario de la Misericordia, un tiempo en la vida de la Iglesia decretado por el Papa Francisco para animarnos a contemplar el misterio de la misericordia como también el manantial de gozo, serenidad y paz. El Año Santo comenzará el 8 de diciembre de 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016. Teniendo en cuenta estos dos eventos, me gustaría tomar un momento para compartir esta reflexión acerca de la misericordia y como es incorporada en nuestras vidas como discípulos de Jesucristo y específicamente como católicos.

Vivimos en la Era de la Misericordia porque vivimos en el mundo después de la obra salvadora—el Misterio Pascual—de Jesucristo, el Hijo de Dios. En este contexto creo que podemos decir que la Iglesia Católica, fundada por Cristo mismo, existe como un instrumento de misericordia, una casa de misericordia, y un lugar desde el cual la misericordia de Dios siempre debe fluir. Vemos el fundamento de la misericordia en el hermoso y frecuentemente citado versículo del Evangelio de Juan 3:16: el acto preeminente de la misericordia del Padre fue compartir con la humanidad su Hijo unigénito. Incrustado en este profundo acto de amor del Padre, está el reconocimiento de que la humanidad estaba quebrantada y en profunda necesidad de un salvador, en profunda necesidad de misericordia. La misericordia que Jesucristo ofrece al mundo a través de su Iglesia fue ganada a duras penas, no solo por su Pasión, Muerte y Resurrección, pero verdaderamente a través de cada momento de su tiempo en la tierra como el Dios-Hombre. Creo que colocar la misericordia en este contexto es esencial si deseamos seguir la senda de la verdadera misericordia en el modo en que vivimos.

La verdadera misericordia siempre fluye del amor de Dios y nos dirige hacia la voluntad de Dios para nosotros—que compartamos su regalo de vida eterna. Este enfoque acerca de la misericordia es esencial porque somos muy fácilmente tentados a aceptar un entendimiento y aplicación superficial de la misericordia que en verdad no es misericordia en absoluto.

En nuestra cultura moderna, la misericordia muy frecuentemente se iguala a ser amable (“nice”) o a ser blando. Pero si retornamos al fundamento de la verdadera misericordia mencionada arriba, la misericordia que está enraizada en la voluntad de Dios, que es amor y misericordia misma, nos damos cuenta que la misericordia es todo menos blanda. La verdadera misericordia es fuerte y poderosa porque no se acobarda de nuestra existencia quebrantada, más bien se para cara a cara con lo feo y lo quebrantado y nos llama a rechazar esas cosas trayendo el bálsamo sanador de la verdad y llevando la libertad genuina. ¡La verdadera misericordia es transformativa! A la larga, la misericordia no puede hacer otra cosa sino enfrentar la verdad y uno es desafiado a moverse del quebranto a la integridad. Posiblemente, la negación de esto posiblemente se encuentra en el corazón de nuestro dilema moderno. Con demasiada frecuencia la misericordia es interpretada como quitar los retos, ser tolerante de la transgresión e ignorar las consecuencias de nuestra realidad quebrantada, en vez de enfrentarla claramente y ser liberados por esa misma confrontación.

Nuevamente, no puedo evitar regresar al modelo de misericordia que es la vida misma de Jesucristo. En su último acto de misericordia, él abrazó la cruz con el propósito de abrir las compuertas de la misericordia. De igual modo, cualquier autentica misericordia exige que nos abracemos a la cruz también. Si ignoramos el único modelo auténtico de misericordia nos arriesgamos a promover una misericordia falsa que nos conduce lejos de la vida y al final nos abandona a la muerte. La misericordia que Cristo le muestra al mundo a través de cada acto de su vida aquí en la tierra, y especialmente su Crucifixión, es una misericordia que confronta el poder del pecado haciendo que el poder del amor venza la oscuridad. De este modo, la gracia de Dios no solo cubre nuestros pecados, sino que nos transforma a la imagen de Cristo.

Por la intercesión de la Madre de la Misericordia, ruego que este Año Jubilar tenga un profundo efecto en la familia humana permitiéndonos vivir más profundamente en el mensaje evangélico del autor y rostro de la misericordia, Jesucristo.

Dado en la Cancillería Diocesana el 21 de noviembre de 2015,
Memoria de la Presentación de la Bendita Virgen María.

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